Adriana fue parte de Mitã Arandu y hoy está en primer grado. Prepara sola su mochila, memoriza cuentos, dibuja en sus ratos libres y ya sabe, con una seguridad que sorprende a su propia mamá, lo que quiere ser de grande. Su historia, contada este año por su mamá, sus docentes y el director de su escuela en un breve testimonio audiovisual, es de esas que dicen más que cualquier informe sobre lo que significa crecer con experiencias que impulsan el aprendizaje desde la primera infancia.
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Hay un momento del relato que es, quizás, el más honesto. Su mamá cuenta que antes no la dejaba tocar ciertas cosas en la cocina, «porque (las niñas y los niños) ensucian más, dan más trabajo». Los talleres del proyecto —que les animaron a preparar juntas unas galletitas de avena, por ejemplo— le mostraron otra manera de acompañar: dejarla participar aunque haya que limpiar después y darle lugar a lo que siente. Es un cambio pequeño en apariencia, pero es exactamente el tipo de cambio que sostiene el desarrollo infantil, porque no viene solo de la escuela, sino también —y principalmente— de una familia dispuesta a involucrarse.
Por eso Pablina Cáceres, su exprofesora de Jardín, dice algo que resume bastante bien de qué se trata todo esto: «la primera infancia es la etapa más importante para que reciban una buena educación, porque ahí está la base.» Y agrega algo que en el proyecto se repite mucho, casi como una constatación: las niñas y los niños que más se desarrollan suelen ser quienes tienen familias más cercanas, más presentes. No es una fórmula abstracta. Es Adriana preparando su mochila, contando cuentos, sabiendo ya lo que quiere ser.
«Procuro poner en práctica todo lo que aprendí con ella», cuenta su mamá. Y, con relación a todo lo desarrollado con Mitã Arandu, agrega: «se va a notar, ya se nota ahora. Cuando crezcan, yo creo que se va a notar muchísimo más». Y en el fondo, eso es lo que busca Mitã Arandu, que todo lo que se construye en los primeros años, en la escuela y también en la casa, pueda acompañarlas y acompañarlos mucho después. Que un cuento, una conversación, una mochila preparada con cariño o una familia que estuvo presente sigan dejando huella cuando llegue el momento de dar nuevos pasos. Y que, al mirar hacia atrás, una niña como Adriana pueda reconocer en todo lo aprendido la confianza para decir, con su propia voz, quién quiere ser.
