Cultivar una huerta es mucho más que producir alimentos. Es aprender, compartir conocimientos, fortalecer la alimentación familiar y promover comunidades más sostenibles. En el marco del Programa Limpio Sur, familias y estudiantes participan en talleres de huertas escolares y comunitarias que ya comienzan a dar sus primeros frutos.
En la escuela Inmaculada Concepción de María, estudiantes de 4.º grado celebraron en los últimos días de agosto la primera cosecha de su huerta escolar, cuyos productos fueron incorporados al almuerzo preparado en la institución. La experiencia permitió que niñas y niños vivieran de cerca todo el proceso de producción de alimentos, comprendiendo la importancia del trabajo en la huerta como una herramienta para el autoconsumo, la alimentación saludable y el cuidado del ambiente.
Además de participar en las tareas de cultivo, las y los estudiantes reflexionaron junto a sus docentes sobre el valor de estas prácticas para la economía familiar y recibieron capacitaciones orientadas a mejorar la producción y replicar estos conocimientos en sus hogares.
El trabajo también se extendió a la comunidad. En el barrio Divino Niño Jesús, 15 mujeres participan en talleres mensuales sobre producción de alimentos frescos, elaboración de abonos orgánicos y cuidado del ambiente, fortaleciendo sus capacidades para desarrollar huertas familiares sostenibles.
Los resultados ya forman parte de la vida cotidiana de las participantes. Mirian Amarilla, presidenta de la comisión vecinal del barrio, destacó el impacto que la iniciativa tiene en las familias: «Da gusto ver el producto que está creciendo. Mi lechuga ya está para consumir y mi tomate ya tiene flores. Recogemos de la huerta para llevar directo a la cocina, y es un ahorro».
Fátima Ríos también resaltó cómo la producción propia contribuye a la economía del hogar: «Es muy lindo esto para nosotras, que somos amas de casa. Ya no tenemos que comprar lechuga, tomate, cebollita o perejil; los obtenemos de nuestra huerta y eso representa un ahorro».
Por su parte, Ramona Zárate valoró los cambios logrados en pocos meses: «Planté perejil y cilantro hace dos meses, y ahora ya los estamos consumiendo. Es una mejora en nuestra calidad de vida, porque ahorramos y ya no compramos verdeos».
Estas experiencias demuestran que las huertas generan beneficios que van mucho más allá de la producción de alimentos. Favorecen la seguridad alimentaria, promueven hábitos de consumo más saludables, fortalecen el aprendizaje práctico de niñas y niños y crean espacios de encuentro, colaboración y desarrollo comunitario.
Los talleres de huertas escolares y urbanas se desarrollan en el marco de un convenio entre Fundación Alda y el Centro de Estudios Heñói, para el Programa de Desarrollo Comunitario centrado en la Niñez de Limpio Sur, una iniciativa de Children Believe Paraguay, implementada en alianza con Fundación Alda, con el apoyo del Fondo de Taiwán para la Niñez y las Familias (TFCF).
